Las aventuras de Agapito y sus Lacasitos

Capítulo II. El enfrentamiento entre las comunidades dulces

Capítulos — Escrito por agapito @ 20:07

 

Hacía ya incontables lustros que los presidentes de dos de las comunidades dulces del país se habían aliado para apoderarse del inmenso lago lateral que presidía el techo del territorio. El valor del lago residía en la gran cantidad de sirenas barbudas y crustáceos sin aspiraciones que lo poblaban. Por un lado, los platos preparados en hornos americanos con mostaza y a fuego templado de sirenas barbudas troceadas en cachitos no mayores a diez pulgadas, imprimían a sus comensales unas energías desorbitadas que les permitían mantener erecciones constantes durante más de dos milenios. Por otra parte estaban los crustáceos sin aspiraciones, de los que se extraían sustancias alucinógenas procedentes del cerumen de sus oídos y que desde hacía siglos habían sido causantes de innumerables guerras entre las comunidades del país, originando la extinción de más de una de ellas.

La que nos ocupa ahora se había iniciado hacía ya más de ochenta trienios, y enfrentaba al bando de MacFlurrys y Conguitos contra M&Ms y Gominolas. La comunidad de Lacasitos se había declarado neutral nada más comenzar la guerra, pero ayudaba de forma extraoficial al segundo de los bandos debido al linaje diabético que mantenía con el todopoderoso creador de los Peta-Zetas, miembro además muy influyente en el consejo regulador de azúcares de la comunidad gominolense, el Ilustrísimo Señor Mora.

Aunque el gobernador lacasiteño se empeñaba en declarar una y otra vez a los medios de incomunicación la neutralidad de su pueblo y sus habitantes, la ayuda que prestaba a aquellas dos comunidades era de dominio público.

Es por esto por lo que los veinte lacasitos que Agapito encontró bajo aquella secuoya, siempre estaban temerosos de que en cualquier momento un MacFlurry pudiera lanzarles un ataque mortal en forma de trocitos de cacahuete a una presión superior a los 100 bares. O de que una jauría de Conguitos enloquecidos los ensartara con sus lanzas de caramelo. También debían de temer a M&Ms y Gominolas, porque aunque se suponían en el mismo bando de la guerra, estos últimos les lanzaban ataques poco dañinos para disimular e intentar negar la evidencia de que se ayudaban entre ellos.

Entre todo este inmenso caos en el que se encontraba el país desde hacía tantos años, Agapito siempre había conseguido proteger a sus veinte lacasitos de estos ataques feroces. Incluso una vez le costó la pérdida de una de sus cuarenta y dos falanges de la mano derecha, al frenar con ella un cóctel gelatinoso lanzado por un Conguito desde uno de los valles cercanos.

No obstante, el más crudo e irreal de los enfrentamientos estaba aun por llegar. No os lo perdáis en los próximos capítulos de “Las aventuras de Agapito y sus Lacasitos”.

Ale, a pasar buena semana.



La semana que viene… “Capítulo 3. Quincuagésimo segunda intentona de Agapito para dormir abrazado a las peludas piernas de Roma”


stimat
05.11.2007


Capítulo I. Breves apuntes de la vida de Agapito

Capítulos — Escrito por agapito @ 19:28

 

Agapito no tenía más de dos años luz cuando advirtió que tres de sus veintiocho cromosomas eran telocéntricos, algo bastante anormal en su especie. Por lo general, los miembros de la comunidad brencos-apilastrados que residían en el país de las medias sandías, tenían todos sus cromosomas en fase de siembra y con las patas simétricas. Mas no telocéntricos.
 
Aquello supuso para él una enorme pena, pero no pudo llorar porque la atmósfera de su país tenía un alto contenido en ácido sulfúrico, que al reaccionar con las sales del agua provocaba grandiosas explosiones. Aún recordaba cómo en una ocasión, el cernícalo lagartijero que siempre le acompañaba en sus rutas por los campos de impresoras gigantes, derramó sin poder contenerse un par de lágrimas al enterarse vía Iphone de la muerte de sus seiscientas treinta y tres hijas en un accidente de hidrohelicóptero. En cuanto sus humores entraron en contacto con la atmósfera, los diez ojos del cernícalo saltaron de sus órbitas cuadradas provocando con su explosión de diez trillones de megajulios un cráter descomunal en el centro de aquellos campos. Suerte que él iba equipado con un traje de neopreno asfáltico, sino podría haber muerto en tan desgraciado accidente junto a su amigo...

Si además añadimos que al nacer los orcos del centro de insalud tuvieron que cortarle media cabeza para poder sacarlo de la bolsa de basura sin asas en la que había crecido, su vida parecía hundirse en la inmateria a pasos enanantados. También estaba el espinoso asunto de su aparato reproductor, pero de eso ya nos ocuparemos más tarde.

Su infinitésimo grado de timidez, originado por su extraña media cabeza y aquellos tres malditos cromosomas, le impedían acercarse a más de tres millas náuticas de Roma, la libidinosa y contorneada hija vigésimo quinta de sus vecinos. Roma carecía de corazón, lo que le había hecho valedora del título nacional a la brenca-apilsatrada con mayor grado de abertura de piernas de todo el país. Tanto los habitantes de su comunidad como los de alrededor habían probado los deliciosos manjares que ocultaba bajo sus prendas de seda irlandesa en forma de centelleantes y eternos orgasmos tántricos capaces de hacerte desfallecer durante siglos.

Todos menos Agapito.

- Me cago en mis chacras cárdenos… -pensaba cabizbajo

Su familia la formaban dos patatas podridas, Eme y Ene, procedentes de un guiso frío de gambas hermafroditas del siglo XV, y ocho granos de arroz a los que el dueño de un restaurante chino londinense rescindió su contrato por carecer de color blanco en su melanina. Sus nombres eran A, Be, Ce, De, E, Efe, Ge y Ese. Tampoco era mucho, pero se apoyaba en ellos en los momentos más duros de su vida. Contaba también con el inestimable armazón chocolatero de sus mejores amigos: veinte Lacasitos que una sombría tarde invernal encontró entre las ramas de una secuoya diminuta que había crecido sobre su oreja en una época en la que el presidente del país había prohibido las duchas de mercurio. Habían sido abandonados por una elefanta en celo tras advertir que el chocolate le hacía criar lombrices estomacales, según contó uno de ellos a Agapito. Desde aquél momento, se hicieron del todo inseparables, y siempre los llevaba enganchados con clips en la ladera vertical formada por la ausencia de su otra media cabeza.

Su amistad con aquellos veinte Lacasitos lo había convertido en el objetivo de las iras de otras comunidades dulces del pais, como eran los M&Ms y los Conguitos. Con estos últimos había tenido recientemente un grave enfrentamiento que en breve será narrado en estas páginas.


Hasta entonces, a pasar buen fin de semana.



stimat
2007-10-26